De nuevo, esa pesadilla, aquel recuerdo que turbaba mi mente cada vez que intentaba descansar. Pero esta vez era diferente: a la pesadilla le seguía un sueño que se cumpliría en cuanto abriera los ojos y me dispusiera a realizarlo. Me escaparía de allí con Jacobo y Ana, y encontraríamos a Manu. Desgraciadamente no sonaba fácil, ni lo era. Pero la simple idea de no vivir allí más tiempo hacia que me dieran ganas de cantar y bailar. Pero antes de todo eso, había que cumplir la promesa: primero la pesadilla. En mi cabeza se reproducían las imágenes de la muerte de mis padres y como se llevaban a Manu. Siento el mismo terror que cuando todo sucedió, y también la misma inmovilidad. Lloro y sudo, pero tampoco puedo hablar. Nunca puedo participar en ese juego hasta que me despierto. Ahora, de vuelta a la realidad, todo pinta mejor. A pesar de que estoy muy cansada y llorosa, arquea mis cejas al ver que Jacobo se ha afeitado la barba. Me invade la risa floja, es inevitable, pero hay que admitir que está más guapo. Si en el colegio lo hubiéramos visto por la calle, todas mis compañeras nos lo quedaríamos mirando embobadas, y lo dibujaríamos con rotulador en las puertas de los váteres.
-¿Qué, has dormido bien?-pregunta acariciándose una mejilla no acostumbrada a la falta de vello.
-Bueno, he tenido una pesadilla, pero por el resto bien.-respondo intentando no reírme.- lo siento, es que... Me hace gracia que te hayas afeitado por la tontería de ayer.
Mi risa prosigue, pero se hace incontrolable cuando el médico dice;
-Pero, ¿a que me hace más sexy?
Minutos después, el sonido de nuestras carcajadas cesa. Es entonces cuando Jacobo me explica el plan, que no parece demasiado complejo. Simplemente recogería unas bolsas con ropa para cambiarnos y, en un cuarto de hora, Ana él y yo nos marcharíamos por una puerta de emergencia que daba a una carretera rodeada por el bosque. Él sabía el camino hasta el lugar que habitaba mi hermano, y conocía gente que seguramente estaba dispuesta a darle paso a la libertad. El único problema que se nos podría presentar sería el que algún presunto colaborador nos fallase. Nuestros nombres habían sido borrados de las listas: un par de pasos y seríamos libres.
Una vez acabó de darme las instrucciones nos condujo a Ana y a mí a unos vestuarios o cabañitas o lo que fuera aquello. Lo que importa es que nadie nos veía. Ana no daba crédito de que cumpliera mi promesa, ni siquiera que nos pudiéramos vestir de nuevo. Para ella había unos vaqueros, una camiseta de manga corta y unos botines. Yo tenía unos leggins negros muy pegados a mi cuerpo, que hacían notable mi delgadez, y una camiseta negra de tirantes. De calzado unos tenis negros con rayas rosas y amarillas a los lados. A Jacobo le tocaban unos vaqueros y una camiseta blanca de manga corta. Cuando se quitó su bata y su anterior camiseta, Ana y yo descubrimos que su abdomen estaba notablemente marcados por sus músculos. A la niña incluso se le escapó:
-Mi madre diría que eres un buen partido.
Acabó la frase tapándose la boca, porque se dio cuenta de que el médico y yo nos estábamos riendo a base de bien. La felicidad de los tres era inmensa, tanto que me eche a llorar. Mis compañeros me veían, pero no decían nada.
-Bueno, salimos?- termina Jacobo
-Vamos- terminamos Ana y yo a la vez
-Coged esto-añade
"Esto" son pistolas, armas que tan sólo moviendo un dedo de la manera adecuada pueden matar a una persona, arrancar una vida.
-No pienso tocar una en mi vida. A mis padres no les gustaría.-Interrumpe Ana entrecerrando los ojos y cruzando sus brazos.-¿Podemos salir ya?
Jacobo no responde. Yo no respondo. Ana tiene razón, pero... Puede que sean necesarias. ¿O no?
El silencio sigue.
-Vamos. Llevadlas vosotros.-ordena la niña que, sin esperar nueva respuesta, camina con grandes zancadas hacia la puerta de salida.
-ANA, ESPERA- ordena Jacobo
La niña no hace caso, y continúa inmune a nuestras recomendaciones. Un minuto después, el médico y yo actuamos. Corremos detrás de ella, pero ya ha salido por la puerta. Fuera se oye la voz de una niña que anuncia su libertad, coreada por el sonido de tres balas que se dirigen hacia su cuerpo y, desafortunadamente, se encuentran con él.
viernes, 6 de junio de 2014
sábado, 26 de abril de 2014
Capítulo 6.
Yo vivía en una nube. Sentía que todo aquéllo no pasaba, no era real. Como cuando un profesor te castiga por la tarde a ti y a toda tu clase y sabes que no será capaz, que es un blando, y que no podría ni matar una mosca. Ahora mismo, marcharse de aquel lugar y ser libre sólo son palabras en forma de oración, pero aquella oración tenía un significado importante: poder ver a Manu. Mi hermanito. Bueno, igual ya no era tan -ito como antes. Han pasado cinco años desde que todo ocurrió.
-Eh, espera, no te emociones. Aún no se cómo te llamas-le repliqué
-Me llamo Jacobo-respondió- y tú?
-Laura. Un placer conocerte, Jacobo/salvación
Sonrisas. Era lo único que hicimos durante treinta segundos. Ahora, para los dos, la idea de marcharnos parecía un paraíso. Pero se me escapaba algo.
-Y Ana? Puede venir con nosotros?
-Claro. ¿Quién es?
Busqué con la mirada por toda la sala. Finalmente, me tope con los ojos de Ana, que hablaba con una chica que estaba una camilla a su izquierda. Un médico se acercó a ella a paso veloz. Llevaba una jeringuilla cargada de un líquido extraño. Entonces Ana empezó a gritar, intentando librarse de las inyecciones de aquel salvaje. Yo experimentaba el mismo sufrimiento que Ana, que se iba durmiendo poco a poco.
-¡¡¡¡¡¡NO, PARAD JODER PARAD, QUE HACÉIS!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡ANAAAAAAAAAAA!!!!!!!-grité
-Shhhhhhhh, tranquila, ¡que no la están matando!-Jacobo empezó a reírse- es una anestesia para que pueda descansar. Nada más. Bueno, ahora ya sabemos quien es Ana.
Jacobo cogió mi mano y empezó a acariciarla. Poco a poco me tranquilizaba. No podía decirse que fuera un contacto especial, porque no se había quitado los guantes.
-Ya verás lo contenta que se pone cuando se despierte y se lo cuentes.
Cuando conseguí recuperar el aliento, una duda existencial pasó por mi cabeza: ¿cómo nos íbamos a escapar? No conocía a nadie que lo hubiera conseguido. La mayoría de las que lo intentaban recibían una paliza, un tiro o latigazos. A gusto del consumidor. Decidí preguntárselo a Jacobo, que para algo había tenido la brillante idea:
-¿Y cómo nos vamos a escapar?
-¿Te recuerdo que tengo acceso a muchos datos personales?-interrogó
-No, no hace falta que me lo recuerdes, porque no lo sabía.
-Pues nada, pero os borraré a Ana y a ti de las listas de encarceladas, y me borraré a mí de las listas de trabajadores.
-Déjame adivinar: no tienes ni idea de como conseguir encender el ordenador sin que te vean.
-Y adivinar la contraseña-añadió
-Ah muy bien. Vamos servidos-repliqué
-Bueno, seguramente un compañero nos ayude; todos nos queremos ir de aquí. No nos gusta este lugar. Además, a la hora de marcharnos, los que trabajamos aquí tenemos algunos ratos libres, y conozco las salidas de emergencia y salidas sin protección.
El plan parecía maravilloso. Contar con la ayuda del Jacobo éste era marivolloso. Ana y yo nos escaparíamos sin problemas, y yo podría volver a ver a mi hermano. ¡Es cierto! Eso tampoco se lo había dicho.
-Quiero salvar a mi hermano. Está en otro campo de concentración.-eixigí
-Vale, eso también lo podemos conseguir.
De repente su cara se tornó a un color más claro. Aunque me hubiera prometido que salvaríamos a Manu, su mirada me pedía por favor que no lo hiciéramos, que nos olvidásemos de esa posibilidad. Decidí no preguntarle el por qué de su facción, pues no estaba dispuesta a fastidiar aquéllas ideas maravillosas.
Mientras Jacobo preparaba una jeringuilla para inyectarme un sedante y que descansase un poco, me fijé nuevamente en su físico: era un poquito mas alto que yo, y descubrí que sus ojos cambiaban de color a medida que el iris se acercaba a la pupila. El susodicho se acercó a mí, y como adivinando lo que pensaba, me dijo:
-¿Crees que me quedaría mejor la barba afeitada?
-Sí, mucho mejor
Y mis ojos se cerraron a la vez que se abría la ilusión que tenía de ver a Manu.
-Eh, espera, no te emociones. Aún no se cómo te llamas-le repliqué
-Me llamo Jacobo-respondió- y tú?
-Laura. Un placer conocerte, Jacobo/salvación
Sonrisas. Era lo único que hicimos durante treinta segundos. Ahora, para los dos, la idea de marcharnos parecía un paraíso. Pero se me escapaba algo.
-Y Ana? Puede venir con nosotros?
-Claro. ¿Quién es?
Busqué con la mirada por toda la sala. Finalmente, me tope con los ojos de Ana, que hablaba con una chica que estaba una camilla a su izquierda. Un médico se acercó a ella a paso veloz. Llevaba una jeringuilla cargada de un líquido extraño. Entonces Ana empezó a gritar, intentando librarse de las inyecciones de aquel salvaje. Yo experimentaba el mismo sufrimiento que Ana, que se iba durmiendo poco a poco.
-¡¡¡¡¡¡NO, PARAD JODER PARAD, QUE HACÉIS!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡ANAAAAAAAAAAA!!!!!!!-grité
-Shhhhhhhh, tranquila, ¡que no la están matando!-Jacobo empezó a reírse- es una anestesia para que pueda descansar. Nada más. Bueno, ahora ya sabemos quien es Ana.
Jacobo cogió mi mano y empezó a acariciarla. Poco a poco me tranquilizaba. No podía decirse que fuera un contacto especial, porque no se había quitado los guantes.
-Ya verás lo contenta que se pone cuando se despierte y se lo cuentes.
Cuando conseguí recuperar el aliento, una duda existencial pasó por mi cabeza: ¿cómo nos íbamos a escapar? No conocía a nadie que lo hubiera conseguido. La mayoría de las que lo intentaban recibían una paliza, un tiro o latigazos. A gusto del consumidor. Decidí preguntárselo a Jacobo, que para algo había tenido la brillante idea:
-¿Y cómo nos vamos a escapar?
-¿Te recuerdo que tengo acceso a muchos datos personales?-interrogó
-No, no hace falta que me lo recuerdes, porque no lo sabía.
-Pues nada, pero os borraré a Ana y a ti de las listas de encarceladas, y me borraré a mí de las listas de trabajadores.
-Déjame adivinar: no tienes ni idea de como conseguir encender el ordenador sin que te vean.
-Y adivinar la contraseña-añadió
-Ah muy bien. Vamos servidos-repliqué
-Bueno, seguramente un compañero nos ayude; todos nos queremos ir de aquí. No nos gusta este lugar. Además, a la hora de marcharnos, los que trabajamos aquí tenemos algunos ratos libres, y conozco las salidas de emergencia y salidas sin protección.
El plan parecía maravilloso. Contar con la ayuda del Jacobo éste era marivolloso. Ana y yo nos escaparíamos sin problemas, y yo podría volver a ver a mi hermano. ¡Es cierto! Eso tampoco se lo había dicho.
-Quiero salvar a mi hermano. Está en otro campo de concentración.-eixigí
-Vale, eso también lo podemos conseguir.
De repente su cara se tornó a un color más claro. Aunque me hubiera prometido que salvaríamos a Manu, su mirada me pedía por favor que no lo hiciéramos, que nos olvidásemos de esa posibilidad. Decidí no preguntarle el por qué de su facción, pues no estaba dispuesta a fastidiar aquéllas ideas maravillosas.
Mientras Jacobo preparaba una jeringuilla para inyectarme un sedante y que descansase un poco, me fijé nuevamente en su físico: era un poquito mas alto que yo, y descubrí que sus ojos cambiaban de color a medida que el iris se acercaba a la pupila. El susodicho se acercó a mí, y como adivinando lo que pensaba, me dijo:
-¿Crees que me quedaría mejor la barba afeitada?
-Sí, mucho mejor
Y mis ojos se cerraron a la vez que se abría la ilusión que tenía de ver a Manu.
sábado, 29 de marzo de 2014
Capítulo 5.
Hola! Siento no haber escrito en tanto tiempo... Tuve semanas con bastantes exámenes y estaba sin inspiración :-( . Tengo la agenda apretada ;P, así que hoy sigo con el quinto capítulo. Muchísimas gracias por las visitas, porque con solo con cuatro capítulos y un prólogo llegué a superar las 250 !!!! :D. También aprovecho para recordar que me encantan vuestros comentarios! Los mayores de mi hermosa edad también tiene derecho a comentar, eh! (tomen nota, familiares y profesores, que ya os tengo fichados). Y sin más dilación, ¡que comience el quinto capítulo! Y que la suerte esté siempre siempre de vuestra parte :P. Ale, al chollo:
Dejé de pensar aquello, cuando alguien golpeó con fuerza la puerta.
-Revisión, hagan paso-gritó una voz masculina desde el otro lado.
Sin esperar nuestra respuesta, el hombre, de alrededor de treinta años, entró en nuestro habitáculo. Le echamos el mal de ojo y, sintiéndose observado, nos dijo:
-Por favor, formen una fila para dirigirse al laboratorio. Lo siento. A su estado, me refiero, bueno... supongo que da igual.
Nos quedamos heladas, mas de lo natural. ir al laboratorio nunca era bueno. Allí se experimentaba con nuestros cuerpos, para encontrar medicinas o trastornos anormales. Somos conejillos de indias.
Formamos una fila, y ataron nuestras manos a una extensa cadena, que hacía sangrar nuestras escuálidas muñecas bajo su peso. Comenzamos a caminar, y fue cuando me pregunté por qué no nos habían matado todavía. Quizá no íbamos al laboratorio, sino a la sala de ejecución, o algo así, si es que existía. Me planteé la idea de que, quizá, no pretendían nuestra muerte, sino usarnos a su gusto para sus necesidades. Puede que la trama de todo aquéllo fuera que la guerra se realizó para ganar dinero en armamento y conseguir mayor población, y de paso, nos conseguían a nosotras para las rarezas que se les pasasen por la cabeza. Sin embargó, aquel chico me recordó que posiblemente no todos estaban allí por gusto, como había denotado su Lo siento. A lo mejor simplemente querían inspeccionarnos, o cesar nuestras enfermedades para continuar sus investigaciones en nuestros cuerpos. A lo peor, querían torturarnos. Por el camino, algunas chicas se caían de cansancio,o quedaban inconscientes. A éstas, las debíamos llevar a rastras, mientras contemplábamos como el suelo desgastaba su espalda y sus muslos. El espectáculo acabó al llegar al laboratorio/muerte próxima. Me estaba quedando sin fuerzas, y sentía verdadero miedo de pensar todo o que me podrían hacer, o le podrían hacer a mis compañeras, incluso a la pequeña Ana, que no había llorado en todo el camino. En algunas camillas, a los lados de la sala, presenciaba el horror en su estado más puro: médicos y científicos amputando miembros, inyectando extraños líquidos coloridos... Y todas ellas, las maltratadas, gritando. Helaba los tímpanos oírlas, provocaban escalofríos, daban miedo. Nos situaron a cada una en una camilla, atendida por un médico.
-Hola-saludó el mío- he oído que en tu sala hay bastantes casos de diarrea, ¿estás bien?
-No, no estoy bien, pero si te refieres a la diarrea, yo no tengo-dije con un hilo de voz.
Estaba empezando a llorar.¿Y si ese tipo era un sádico y empezaba tratándome bien para que, al llegar el momento oportuno, pudiese matarme sólo enseñándome un arma letal?
-Bueno, me alegro-me dijo intentando sonreír-pero curaré tus heridas y zonas dañadas para que estés en buen estado.
Me miró con media sonrisa y se dispuso a curar todos los rasguño que había en mi cuerpo, y me limpió un poco. Me dio un antibiótico y me regaló una barrita energética de chocolate. Fue entonces cuando me di cuenta de que parecía ser buena persona, y que tenía los ojos muy raros: no distinguía su color, ¿eran verdes, azules, grises, color miel..? Era moreno, con poca barba. Parecía que se mordía las uñas, disimuladas por sus guantes blancos. No llegaba a los treinta, pero sí a los veinte y pocos.
-Gracias-logré decir
-Oye, ¿te gustaría marcharte de aquí?- me susurró, para que nadie le oyese.
-¿Te parece complicada la respuesta a esa pregunta?- e intenté sonreír. Aunque sólo se veían mis caries, me respondió con el mismo gesto. Hoy era mi récord de sonrisas desde que había llegado a este lugar.
-Te puedo sacar de aquí.
-Yo puedo volar-contraataqué. No me hacía gracia aquélla broma
-Bueno como quieras-respondió-tu verás-y puso cara desafiante, arqueando su ceja izquierda y entrecerrando el ojo derecho.
-Que sepas que no me voy de aquí sin que se marche también una niña que se llame Ana. Le prometí que la sacaría de aquí.
-Entonces, ¿soy vuestra oportunidad?
-Entonces, eres nuestra salvación.
Dejé de pensar aquello, cuando alguien golpeó con fuerza la puerta.
-Revisión, hagan paso-gritó una voz masculina desde el otro lado.
Sin esperar nuestra respuesta, el hombre, de alrededor de treinta años, entró en nuestro habitáculo. Le echamos el mal de ojo y, sintiéndose observado, nos dijo:
-Por favor, formen una fila para dirigirse al laboratorio. Lo siento. A su estado, me refiero, bueno... supongo que da igual.
Nos quedamos heladas, mas de lo natural. ir al laboratorio nunca era bueno. Allí se experimentaba con nuestros cuerpos, para encontrar medicinas o trastornos anormales. Somos conejillos de indias.
Formamos una fila, y ataron nuestras manos a una extensa cadena, que hacía sangrar nuestras escuálidas muñecas bajo su peso. Comenzamos a caminar, y fue cuando me pregunté por qué no nos habían matado todavía. Quizá no íbamos al laboratorio, sino a la sala de ejecución, o algo así, si es que existía. Me planteé la idea de que, quizá, no pretendían nuestra muerte, sino usarnos a su gusto para sus necesidades. Puede que la trama de todo aquéllo fuera que la guerra se realizó para ganar dinero en armamento y conseguir mayor población, y de paso, nos conseguían a nosotras para las rarezas que se les pasasen por la cabeza. Sin embargó, aquel chico me recordó que posiblemente no todos estaban allí por gusto, como había denotado su Lo siento. A lo mejor simplemente querían inspeccionarnos, o cesar nuestras enfermedades para continuar sus investigaciones en nuestros cuerpos. A lo peor, querían torturarnos. Por el camino, algunas chicas se caían de cansancio,o quedaban inconscientes. A éstas, las debíamos llevar a rastras, mientras contemplábamos como el suelo desgastaba su espalda y sus muslos. El espectáculo acabó al llegar al laboratorio/muerte próxima. Me estaba quedando sin fuerzas, y sentía verdadero miedo de pensar todo o que me podrían hacer, o le podrían hacer a mis compañeras, incluso a la pequeña Ana, que no había llorado en todo el camino. En algunas camillas, a los lados de la sala, presenciaba el horror en su estado más puro: médicos y científicos amputando miembros, inyectando extraños líquidos coloridos... Y todas ellas, las maltratadas, gritando. Helaba los tímpanos oírlas, provocaban escalofríos, daban miedo. Nos situaron a cada una en una camilla, atendida por un médico.
-Hola-saludó el mío- he oído que en tu sala hay bastantes casos de diarrea, ¿estás bien?
-No, no estoy bien, pero si te refieres a la diarrea, yo no tengo-dije con un hilo de voz.
Estaba empezando a llorar.¿Y si ese tipo era un sádico y empezaba tratándome bien para que, al llegar el momento oportuno, pudiese matarme sólo enseñándome un arma letal?
-Bueno, me alegro-me dijo intentando sonreír-pero curaré tus heridas y zonas dañadas para que estés en buen estado.
Me miró con media sonrisa y se dispuso a curar todos los rasguño que había en mi cuerpo, y me limpió un poco. Me dio un antibiótico y me regaló una barrita energética de chocolate. Fue entonces cuando me di cuenta de que parecía ser buena persona, y que tenía los ojos muy raros: no distinguía su color, ¿eran verdes, azules, grises, color miel..? Era moreno, con poca barba. Parecía que se mordía las uñas, disimuladas por sus guantes blancos. No llegaba a los treinta, pero sí a los veinte y pocos.
-Gracias-logré decir
-Oye, ¿te gustaría marcharte de aquí?- me susurró, para que nadie le oyese.
-¿Te parece complicada la respuesta a esa pregunta?- e intenté sonreír. Aunque sólo se veían mis caries, me respondió con el mismo gesto. Hoy era mi récord de sonrisas desde que había llegado a este lugar.
-Te puedo sacar de aquí.
-Yo puedo volar-contraataqué. No me hacía gracia aquélla broma
-Bueno como quieras-respondió-tu verás-y puso cara desafiante, arqueando su ceja izquierda y entrecerrando el ojo derecho.
-Que sepas que no me voy de aquí sin que se marche también una niña que se llame Ana. Le prometí que la sacaría de aquí.
-Entonces, ¿soy vuestra oportunidad?
-Entonces, eres nuestra salvación.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Capítulo 4
De nuevo no hay nada que hacer. Alicia a lo suyo, su amada muñeca. Andrea está que no puede mas con la diarrea. Ana se duerme con una sonrisita en la cara. Todo el mundo hace lo que hace siempre.
Y todo por culpa de que el mundo estaba muy quieto.
Hace mas o menos cinco años, cuando se había conseguido que el mundo estuviese en paz.
Las ganas de pelea eran muy grandes en los países especialmente desarrollados. Mientras comíamos, mi padre encendía la televisión. La presentadora anunciaba la conexión en directo con Lubrí, una de las grandes potencias.
En este último año, se estima que la venta de armas ha bajado al menos un 40% debido al cese de las guerras. Lubrí es uno de los principales países que hoy nota como se derrumba su economía.
Nadie le hace mayor caso. Le doy vueltas a mi plato de lentejas. Que asco. Con lo avanzado que está el mundo, parece mentira que con lo avanzado que está el mundo se sigan comiendo lentejas en mi casa.
-¡Manu, ven a comer!- grita mi madre
Mi hermano viene corriendo. Hoy celebramos su cumpleaños: siete años. Él cree que ya es muy mayor.
El pequeño tuerce el gesto. No le parece justo comer lentejas el día de su cumpleaños.
La comida transcurre con normalidad, pero alegría. Manu sopla las velas de su tarta y abre sus regalos.
Al día siguiente, vuelven a poner la misma noticia, bueno, parecida. Mi madre limpia azarosamente los platos, y mi padre ya está leyendo el periódico. La tele avisa una noticia de última hora. No le doy importancia y me voy a mi habitación a hacer los deberes. Tener doce años es muy cansado, no como tener siete. En el salón, mis padres atienden sorprendidos a la noticia:
Lubrí ha mandado un comunicado al presidente de Fenisco. En el manuscrito explicaba, hace ya dos semanas, que le proclama la guerra a su país. O Fenisco pasa a ser territorio lubrinense, o las patrullas atacarán a partir de las siguientes semanas. Algunas fuentes afirman, así como lo ha hecho el presidente lubrinense, que en este pacto la gran potencia mundial ganaría de ambos modos, puesto que o se volvería a comerciar con armas, o conseguiría todo el dinero de Fenisco. El presidente del pequeño país afirma preferir la guerra, aún sabiendo que perderán.
Mi país, Fenisco estaba en guerra. Mi padre va directamente al ordenador: vuelos al extranjero, vuelos al extranjero... vuelos baratos, vuelos de primera clase... pero nada. Todos cancelados por la guerra o completos. Incluso se han cerrado las fronteras con otros países.
Manu no le da importancia a la advertencia televisiva, y sigue probando sus juguetes de cumpleaños.
Yo me quedé de piedra. Lo había escuchado todo desde mi habitación.La división. Qué mal me estaba saliendo. Sí, sí, la división. Eso, la división me producía alucinaciones. Cinco por una cinco, al nueve cuatro y... Me levanté corriendo a por mi madre. La división alucinógena... Ya le valía. Que susto me había dado.
-Mamá, ¿las divisiones pueden tener alucinógenos, a que sí?- pregunté a mi madre.
Mi madre y yo nos fundimos en un abrazo. Salado. Puaj, que asco. A mí me gusta mas lo dulce.
Manu nos mira. No entiende nada, así que dice lo que le oye siempre a mi padre:
-Mujeres... No se las puede entender- y se ríe. A lo mejor su hermana tiene novio y todo y por eso llora.
Días después...
Todos estamos tensos. Nadie llora. Nadie habla. golpes repetidos en la puerta:
-POLICÍA LUBRINENSE. ABRAN O TIRAREMOS LA PUERTA ABAJO.
Y tiraron la puerta abajo. Mi madre se encogió, y llevándose una mano a la cara, comenzó a llorar. Yo seguía estática. Aquella división...
Cuatro policías entraron en mi casa. Dos de ellos agarraron a mis padres por el pelo, o el cuello, y les pegaron un tiro en la cabeza. Otros dos empezaron a tirar de Manu y de mí. El niño no entendía nada, pero se fue sin rechistar. A medio camino, empecé a patalear y a llorar. Intentaba morderlos, pero era una tontería intentar resistirse. Me subieron a un camioneta con otras chicas y, mientras lloraba, Manu me saludaba desde la otra camioneta.
Y todo por culpa de que el mundo estaba muy quieto.
Hace mas o menos cinco años, cuando se había conseguido que el mundo estuviese en paz.
Las ganas de pelea eran muy grandes en los países especialmente desarrollados. Mientras comíamos, mi padre encendía la televisión. La presentadora anunciaba la conexión en directo con Lubrí, una de las grandes potencias.
En este último año, se estima que la venta de armas ha bajado al menos un 40% debido al cese de las guerras. Lubrí es uno de los principales países que hoy nota como se derrumba su economía.
Nadie le hace mayor caso. Le doy vueltas a mi plato de lentejas. Que asco. Con lo avanzado que está el mundo, parece mentira que con lo avanzado que está el mundo se sigan comiendo lentejas en mi casa.
-¡Manu, ven a comer!- grita mi madre
Mi hermano viene corriendo. Hoy celebramos su cumpleaños: siete años. Él cree que ya es muy mayor.
El pequeño tuerce el gesto. No le parece justo comer lentejas el día de su cumpleaños.
La comida transcurre con normalidad, pero alegría. Manu sopla las velas de su tarta y abre sus regalos.
Al día siguiente, vuelven a poner la misma noticia, bueno, parecida. Mi madre limpia azarosamente los platos, y mi padre ya está leyendo el periódico. La tele avisa una noticia de última hora. No le doy importancia y me voy a mi habitación a hacer los deberes. Tener doce años es muy cansado, no como tener siete. En el salón, mis padres atienden sorprendidos a la noticia:
Lubrí ha mandado un comunicado al presidente de Fenisco. En el manuscrito explicaba, hace ya dos semanas, que le proclama la guerra a su país. O Fenisco pasa a ser territorio lubrinense, o las patrullas atacarán a partir de las siguientes semanas. Algunas fuentes afirman, así como lo ha hecho el presidente lubrinense, que en este pacto la gran potencia mundial ganaría de ambos modos, puesto que o se volvería a comerciar con armas, o conseguiría todo el dinero de Fenisco. El presidente del pequeño país afirma preferir la guerra, aún sabiendo que perderán.
Mi país, Fenisco estaba en guerra. Mi padre va directamente al ordenador: vuelos al extranjero, vuelos al extranjero... vuelos baratos, vuelos de primera clase... pero nada. Todos cancelados por la guerra o completos. Incluso se han cerrado las fronteras con otros países.
Manu no le da importancia a la advertencia televisiva, y sigue probando sus juguetes de cumpleaños.
Yo me quedé de piedra. Lo había escuchado todo desde mi habitación.La división. Qué mal me estaba saliendo. Sí, sí, la división. Eso, la división me producía alucinaciones. Cinco por una cinco, al nueve cuatro y... Me levanté corriendo a por mi madre. La división alucinógena... Ya le valía. Que susto me había dado.
-Mamá, ¿las divisiones pueden tener alucinógenos, a que sí?- pregunté a mi madre.
Mi madre y yo nos fundimos en un abrazo. Salado. Puaj, que asco. A mí me gusta mas lo dulce.
Manu nos mira. No entiende nada, así que dice lo que le oye siempre a mi padre:
-Mujeres... No se las puede entender- y se ríe. A lo mejor su hermana tiene novio y todo y por eso llora.
Días después...
Todos estamos tensos. Nadie llora. Nadie habla. golpes repetidos en la puerta:
-POLICÍA LUBRINENSE. ABRAN O TIRAREMOS LA PUERTA ABAJO.
Y tiraron la puerta abajo. Mi madre se encogió, y llevándose una mano a la cara, comenzó a llorar. Yo seguía estática. Aquella división...
Cuatro policías entraron en mi casa. Dos de ellos agarraron a mis padres por el pelo, o el cuello, y les pegaron un tiro en la cabeza. Otros dos empezaron a tirar de Manu y de mí. El niño no entendía nada, pero se fue sin rechistar. A medio camino, empecé a patalear y a llorar. Intentaba morderlos, pero era una tontería intentar resistirse. Me subieron a un camioneta con otras chicas y, mientras lloraba, Manu me saludaba desde la otra camioneta.
sábado, 1 de marzo de 2014
Capítulo 3.
-A ver Ana, entonces, ¿quieres jugar a algo?
-¡¡¡Síiiiiii!!!! Hace mucho que no juego a nada, y me aburro mucho. Pero... ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Laura. ¿Somos amigas?
-Claro Laura. ¿Sabes alguna canción de palmas?
Comenzamos a cantar. Chocamos las manos y las cruzamos al ritmo de la música. Ana no paraba de reírse. Yo sonreía. Poco a poco se van uniendo mas chicas, hasta formar un campeonato de juegos de palmas. Todas lo hacemos lo peor que podemos para que nuestra favorita gane.
-¡Bien!, ¡os he ganado a todas!-se chulea Ana
Todas la aplaudimos y la achuchamos. Se escucha un ronroneo. ¿Qué era eso?
-Lo siento. Es que tengo hambre. Esperemos que quede poco para que nos traigan el pan...-dice Andrea.oz
-Yo también tengo hambre.-añade una chica
-Y yo
-Yo también
-Me rugen las tripas
Ya había llegado la hora de quejarse. Sólo quedaba esperar a que llegase la comida, porque cuando hay hambre, todo es peor. Todas son peores.
Los gritos y lamentos no tardan en llegar. Alicia se desvive en su muñeca. Ana empieza a llorar. Sólo queda esperar, esperar, esperar... a escapar de aquí. ¿o estábamos hablando de comida? No lo sé. Unas chicas empiezan a golpear las paredes y gritar. La sangre corre por sus manos.
-¡Laura! ¡Laura!- grita Ana, que viene corriendo hacia mí.-¡Tengo miedo!
De nuevo, se acurruca conmigo, y le doy otro beso. Esperar... Esperar...
-¡Laura, despiértate! ¡Levántate!
Abro los ojos y me incorporo. Siento una punzada en la sien. Hum... Que hambre...
-¡Mira qué te he traído!
Ana me extiende la mitad de su pedazo de pan.
-¡Oh! ¡Gracias cariño!-le agradezco
-Me llamo Ana... ¿Ya te habías olvidado de mi nombre?- dice con cara de preocupación
-No, Ana, mea cuerdo de ti perfectamente
-Chicas, que nos quedamos sin luz -interrumpe otra chica que, sino recuerdo mal, se llamaba Antía
La vela... ¡La vela! ¡No puede ser! Tocará a sorteo quién va a pedir una. La última fue una chica que acabó enzarzada con un guardia. Ahora le toca ella decir número del sorteo.
-Números del 1 al 20-anuncia la última seleccionada
Cada chica dice un número menos Ana. Todas tenemos alrededor de quince años menos ella, y no es justo que le toque a ella el moratón. Yo propongo el número uno.
-El número uno
Premio.
Doy algunos golpes en la puerta y grito la palabra "luz". Por el otro lado oigo una voz que me responde "solamente una". Abren la puerta de modo que pueda pasar sólo yo. Una mano tira de mi cuello hacia el pasillo.
-¿Qué quiere, señorita?-pregunta el guardia sin soltarme el cuello
-Una vela para la celda, por favor, señor-respondo
-Una vela... ¿Una vela? Hum... No sé si nos quedan... Busque aquí dentro
Ya sé lo que toca ahora. Aguanta Laura, aguanta
Me lleva hasta un cuarto donde hay varias cajas de suministros y la vela.
El guarda me empuja y, cada vez que me queda un centímetro para tocar la vela, me tira al suelo.
-Señorita, concéntrese. Hay que ver como se tropieza
Estiro la mano. Zancadilla. Auch. Queda poco... Casi llego... Empujón. Se oyen unos pasos a lo lejos, y una voz infantil que grita mi nombre.
-¡Hey!¡No pegue a mi amiga!-suplica Ana- por favor señor, deje a mi amiga, ya cojo yo la vela. No me importa.
-Adelante pues.
Es el turno de Ana. Se estira y se cae. Adelanta y la golpean. Cinco minutos depués, la niña empieza a sangrar. Se me hace un nudo en la garganta. Empiezo a llorar. ¿Tanto me quería Ana como para evitar que me pegasen?
-Por favor... Señor... Permítame proseguir.
El favor me es concedido. Media hora después, vuelvo a la celda con Ana y con una vela encendida.
Las chicas nos aplauden y felicitan a Ana. Las dos tenemos unas heridas no demasiados feas, pero vista la higiene, puede llegar a ser importante.
-Lo has hecho muy bien Ana, pero no deberías haber venido. Mira lo que te ha pasado.
-Bueno... Yo... Te quería ayudar...
-No pasa nada. No pasa nada...
Aunque han pasado muchas cosas.
-¡¡¡Síiiiiii!!!! Hace mucho que no juego a nada, y me aburro mucho. Pero... ¿Cómo te llamas?
-Me llamo Laura. ¿Somos amigas?
-Claro Laura. ¿Sabes alguna canción de palmas?
Comenzamos a cantar. Chocamos las manos y las cruzamos al ritmo de la música. Ana no paraba de reírse. Yo sonreía. Poco a poco se van uniendo mas chicas, hasta formar un campeonato de juegos de palmas. Todas lo hacemos lo peor que podemos para que nuestra favorita gane.
-¡Bien!, ¡os he ganado a todas!-se chulea Ana
Todas la aplaudimos y la achuchamos. Se escucha un ronroneo. ¿Qué era eso?
-Lo siento. Es que tengo hambre. Esperemos que quede poco para que nos traigan el pan...-dice Andrea.oz
-Yo también tengo hambre.-añade una chica
-Y yo
-Yo también
-Me rugen las tripas
Ya había llegado la hora de quejarse. Sólo quedaba esperar a que llegase la comida, porque cuando hay hambre, todo es peor. Todas son peores.
Los gritos y lamentos no tardan en llegar. Alicia se desvive en su muñeca. Ana empieza a llorar. Sólo queda esperar, esperar, esperar... a escapar de aquí. ¿o estábamos hablando de comida? No lo sé. Unas chicas empiezan a golpear las paredes y gritar. La sangre corre por sus manos.
-¡Laura! ¡Laura!- grita Ana, que viene corriendo hacia mí.-¡Tengo miedo!
De nuevo, se acurruca conmigo, y le doy otro beso. Esperar... Esperar...
-¡Laura, despiértate! ¡Levántate!
Abro los ojos y me incorporo. Siento una punzada en la sien. Hum... Que hambre...
-¡Mira qué te he traído!
Ana me extiende la mitad de su pedazo de pan.
-¡Oh! ¡Gracias cariño!-le agradezco
-Me llamo Ana... ¿Ya te habías olvidado de mi nombre?- dice con cara de preocupación
-No, Ana, mea cuerdo de ti perfectamente
-Chicas, que nos quedamos sin luz -interrumpe otra chica que, sino recuerdo mal, se llamaba Antía
La vela... ¡La vela! ¡No puede ser! Tocará a sorteo quién va a pedir una. La última fue una chica que acabó enzarzada con un guardia. Ahora le toca ella decir número del sorteo.
-Números del 1 al 20-anuncia la última seleccionada
Cada chica dice un número menos Ana. Todas tenemos alrededor de quince años menos ella, y no es justo que le toque a ella el moratón. Yo propongo el número uno.
-El número uno
Premio.
Doy algunos golpes en la puerta y grito la palabra "luz". Por el otro lado oigo una voz que me responde "solamente una". Abren la puerta de modo que pueda pasar sólo yo. Una mano tira de mi cuello hacia el pasillo.
-¿Qué quiere, señorita?-pregunta el guardia sin soltarme el cuello
-Una vela para la celda, por favor, señor-respondo
-Una vela... ¿Una vela? Hum... No sé si nos quedan... Busque aquí dentro
Ya sé lo que toca ahora. Aguanta Laura, aguanta
Me lleva hasta un cuarto donde hay varias cajas de suministros y la vela.
El guarda me empuja y, cada vez que me queda un centímetro para tocar la vela, me tira al suelo.
-Señorita, concéntrese. Hay que ver como se tropieza
Estiro la mano. Zancadilla. Auch. Queda poco... Casi llego... Empujón. Se oyen unos pasos a lo lejos, y una voz infantil que grita mi nombre.
-¡Hey!¡No pegue a mi amiga!-suplica Ana- por favor señor, deje a mi amiga, ya cojo yo la vela. No me importa.
-Adelante pues.
Es el turno de Ana. Se estira y se cae. Adelanta y la golpean. Cinco minutos depués, la niña empieza a sangrar. Se me hace un nudo en la garganta. Empiezo a llorar. ¿Tanto me quería Ana como para evitar que me pegasen?
-Por favor... Señor... Permítame proseguir.
El favor me es concedido. Media hora después, vuelvo a la celda con Ana y con una vela encendida.
Las chicas nos aplauden y felicitan a Ana. Las dos tenemos unas heridas no demasiados feas, pero vista la higiene, puede llegar a ser importante.
-Lo has hecho muy bien Ana, pero no deberías haber venido. Mira lo que te ha pasado.
-Bueno... Yo... Te quería ayudar...
-No pasa nada. No pasa nada...
Aunque han pasado muchas cosas.
viernes, 14 de febrero de 2014
Capítulo 2.
Me levanté para dejar de hablar con Andrea. Siempre hablábamos de lo mismo, de simples ilusiones. Así que comencé a dar vueltas en el pequeño habitáculo. Seguramente dentro de poco tocaría revisión y limpieza general. Me arrodillé al lado de Alicia. Ella no tenía fuerzas ni intenciones de marcharse, así que se dedicaba a cortarse las venas con su uña del dedo índice y a marcar los días que llevábamos aquí.
-Ali, deja tranquila la vena, ¿Te parece?
-No. Total no tengo nada mas que hacer. Por cierto, Laura, por si te interesa, hoy es domingo. Y ya sabes lo que eso significa.
-Joder, revisión y limpeza. Tiene gracia que antes nos quejásemos de que al día siguiente fuese lunes y hubiese que ir al colegio.
-Sí, mucha gracia.
Vi que la conversación no pintaba bien, y me acurruqué en una esquina para dormir.
Allí estaba mi hermano. No me podía mover. Se lo llevaban. Yo me iba con otros policías por el otro lado. Estaba quieta. No me inmutaba. Lloraba por dentro. Dos tiros a mis espaldas. Dos cuerpos caídos. La última vez que veía a mis padres. Y yo sólo seguía caminando.
AAAAAAAAAAAAGH!!!!! Respiraba dificultosamente y sudaba. Otra pesadilla. Sólo una pesadilla. Pero que ocurrió de verdad. Nadie se preocupó demasiado, porque allí gritaba todo el mundo. Andrea me preguntó que tal estaba, pero nadie mas.
Dos hombres abren la puerta. Entran gritando. Nos hacen formar una fila y nos dirigen al patio exterior. ¡Ya se me había olvidado! Hoy tocaba limpieza. La fila va avanzando. Las chicas se ponen enfrente de una pared y se desnudan. Manguerazo. Siguiente. Ropa fuera. Manguerazo. Siguiente. Ropa fuera... Y así todo el rato. Me toca. Recuerdo la última vez y me trago las lágrimas.
-¡SIGUIENTE!- grita el guarda
Me pongo enfrente de la pared. Desabrocho los botones de mi asquerosa camisa. Camisa fuera. Me quito el pantalón. Ya está, solo tengo que esperar al horror. El guarda me mira con cara de malas intenciones, y yo miro hacia otro lado. Cierro los ojos. El guarda me apunta con la manguera. Agua fría, congelada. Me golpea. Parece que la manguera fuera de alta presión. Me echo hacia atrás y no puedo evitar llorar. Mientras me congelo y me hago daño, el guarda se ríe.
-Ya se puede vestir-acaba él.
Por fin. Recojo mi ropa y me visto. Espero a que las demás acaben. Todas lloramos. Volvemos dentro. Ya han limpiado la celda. La mas pequeña de nosotras sigue gritando y llorando. Me acerco a ella. Solo tiene ocho años.
-No te preocupes cariño, ya verás como conseguimos marcharnos, ¿vale?
Me abraza y nos quedamos así un rato largo. Pocas veces la gente de aquí se abraza, pero los abrazos de esta niña son mágicos, están llenos de ternura. Me recuerda a mi hermano Manu. Todos los días pienso en él, y que cuando se lo llevaron no hice nada para impedirlo. Una lágrima me recorre la mejilla y acaba en mi boca. Salado... que rico. Últimamente es lo único que saboreo si no contamos el pan diario que nos dan. Echo de menos los besos dulces de mi madre y los besos de café de mi padre. Pero eso ya es imposible de recuperar. Otras dos personas por las que tampoco hice nada
Ali se está volviendo loca, sus marcas han desaparecido. Una chica vomita por el frío, el dolor y mil horrores mas. Aprieto a la pequeña contra mi pecho. No debería ver esto.
-¿¿De verdad crees que vamos a volver a casita??-logra responder
-Sí cariño, ya verás como sí. Tú no te preocupes, que un día te sacaré de aquí.
-¿Me lo prometes?
-Te lo juro.
Espero poder cumplir esa promesa.
-Otra cosa mas: me llamo Ana. Si quieres ya no me tienes que llamar cariño, ¿vale?
-Vale, Ana.
Todas sabemos que se llama Ana. La intentamos cuidar relativamente como podemos. Es la favorita de todas. Y la mas alegre, y feliz, y también ilusionada por creer poder tener la certeza de marcharse. Por culpa de todo esto se hace mayor muy rápido. Demasiado rápido.
-Ali, deja tranquila la vena, ¿Te parece?
-No. Total no tengo nada mas que hacer. Por cierto, Laura, por si te interesa, hoy es domingo. Y ya sabes lo que eso significa.
-Joder, revisión y limpeza. Tiene gracia que antes nos quejásemos de que al día siguiente fuese lunes y hubiese que ir al colegio.
-Sí, mucha gracia.
Vi que la conversación no pintaba bien, y me acurruqué en una esquina para dormir.
Allí estaba mi hermano. No me podía mover. Se lo llevaban. Yo me iba con otros policías por el otro lado. Estaba quieta. No me inmutaba. Lloraba por dentro. Dos tiros a mis espaldas. Dos cuerpos caídos. La última vez que veía a mis padres. Y yo sólo seguía caminando.
AAAAAAAAAAAAGH!!!!! Respiraba dificultosamente y sudaba. Otra pesadilla. Sólo una pesadilla. Pero que ocurrió de verdad. Nadie se preocupó demasiado, porque allí gritaba todo el mundo. Andrea me preguntó que tal estaba, pero nadie mas.
Dos hombres abren la puerta. Entran gritando. Nos hacen formar una fila y nos dirigen al patio exterior. ¡Ya se me había olvidado! Hoy tocaba limpieza. La fila va avanzando. Las chicas se ponen enfrente de una pared y se desnudan. Manguerazo. Siguiente. Ropa fuera. Manguerazo. Siguiente. Ropa fuera... Y así todo el rato. Me toca. Recuerdo la última vez y me trago las lágrimas.
-¡SIGUIENTE!- grita el guarda
Me pongo enfrente de la pared. Desabrocho los botones de mi asquerosa camisa. Camisa fuera. Me quito el pantalón. Ya está, solo tengo que esperar al horror. El guarda me mira con cara de malas intenciones, y yo miro hacia otro lado. Cierro los ojos. El guarda me apunta con la manguera. Agua fría, congelada. Me golpea. Parece que la manguera fuera de alta presión. Me echo hacia atrás y no puedo evitar llorar. Mientras me congelo y me hago daño, el guarda se ríe.
-Ya se puede vestir-acaba él.
Por fin. Recojo mi ropa y me visto. Espero a que las demás acaben. Todas lloramos. Volvemos dentro. Ya han limpiado la celda. La mas pequeña de nosotras sigue gritando y llorando. Me acerco a ella. Solo tiene ocho años.
-No te preocupes cariño, ya verás como conseguimos marcharnos, ¿vale?
Me abraza y nos quedamos así un rato largo. Pocas veces la gente de aquí se abraza, pero los abrazos de esta niña son mágicos, están llenos de ternura. Me recuerda a mi hermano Manu. Todos los días pienso en él, y que cuando se lo llevaron no hice nada para impedirlo. Una lágrima me recorre la mejilla y acaba en mi boca. Salado... que rico. Últimamente es lo único que saboreo si no contamos el pan diario que nos dan. Echo de menos los besos dulces de mi madre y los besos de café de mi padre. Pero eso ya es imposible de recuperar. Otras dos personas por las que tampoco hice nada
Ali se está volviendo loca, sus marcas han desaparecido. Una chica vomita por el frío, el dolor y mil horrores mas. Aprieto a la pequeña contra mi pecho. No debería ver esto.
-¿¿De verdad crees que vamos a volver a casita??-logra responder
-Sí cariño, ya verás como sí. Tú no te preocupes, que un día te sacaré de aquí.
-¿Me lo prometes?
-Te lo juro.
Espero poder cumplir esa promesa.
-Otra cosa mas: me llamo Ana. Si quieres ya no me tienes que llamar cariño, ¿vale?
-Vale, Ana.
Todas sabemos que se llama Ana. La intentamos cuidar relativamente como podemos. Es la favorita de todas. Y la mas alegre, y feliz, y también ilusionada por creer poder tener la certeza de marcharse. Por culpa de todo esto se hace mayor muy rápido. Demasiado rápido.
domingo, 9 de febrero de 2014
Capítulo 1
Me desperté entre golpes e insultos, como de costumbre. Intentando que los guardas no me hicieran sangrar demasiado, pasé a la zona de revisión. Comprobaron que no llevaba nada peligroso encima y me devolvieron a mi celda, si es que a eso se le puede llamar celda, porque allí estábamos veinte chicas apelotonadas. Las paredes estaban mugrientas, llenas de mierda en el sentido mas literal. No, no había baños. No tenía ni siquiera ventana. Me mareba con bastante frecuencia por el olor que allí se respiraba.
Hacía ya bastante que no veía luz natural, ni gente normal. Ya nadie es normal: todas estamos enfermas, como si nos fueran a dar pastillas los capullos éstos. De hecho, once de mis compañeras tienen una diarrea bastante interesante.
Estamos en mala forma, y nos dan como mucho un puñado de arroz al día.
Me siento al lado de Andrea, una de las afectadas por la enfermedad y tambiën compañera de celda. Me pongo a hablar con ella:
-Tía, no puedo mas. Me muero. Esto es una mierda
-No me digas, menuda noticia. Te recuerdo que todas estamos así.
-Ojalá nos pudiésemos marchar.
-No tenemos a donde ir.
-Eso es lo de menos.
Así visto, era cierto. Ya no podíamos estar peor. Por suerte, éramos unas de las pocas afortunadas en... tener ropa. Figuraos el resto por vosotros mismos.
-Andrea...
-Laura...
Nos reímos. Una risa falsa, corta, distante. Al menos, era mejor que llorar.
Pero pensándolo bien, quizás no fuera tan mala idea intentar escaparse... Pero era muy arriesgado.
Hacía ya bastante que no veía luz natural, ni gente normal. Ya nadie es normal: todas estamos enfermas, como si nos fueran a dar pastillas los capullos éstos. De hecho, once de mis compañeras tienen una diarrea bastante interesante.
Estamos en mala forma, y nos dan como mucho un puñado de arroz al día.
Me siento al lado de Andrea, una de las afectadas por la enfermedad y tambiën compañera de celda. Me pongo a hablar con ella:
-Tía, no puedo mas. Me muero. Esto es una mierda
-No me digas, menuda noticia. Te recuerdo que todas estamos así.
-Ojalá nos pudiésemos marchar.
-No tenemos a donde ir.
-Eso es lo de menos.
Así visto, era cierto. Ya no podíamos estar peor. Por suerte, éramos unas de las pocas afortunadas en... tener ropa. Figuraos el resto por vosotros mismos.
-Andrea...
-Laura...
Nos reímos. Una risa falsa, corta, distante. Al menos, era mejor que llorar.
Pero pensándolo bien, quizás no fuera tan mala idea intentar escaparse... Pero era muy arriesgado.
domingo, 2 de febrero de 2014
Prólogo
No tenía ganas de nada. Nadie las tenía.
Tras aquélla espantosa guerra, mi país murió. Nadie se sentía vivo. Quedábamos algunos supervivientes, que teníamos los días contados. Fuimos separados los hombres de las mujeres. Al igual que pensaban los nazis, somos una raza impura. Pero no por nuestra religión. La gente dice que es por muchas razones, pero yo creo que es porque sí. Porque se aburrían, porque querían gobernar, porque somos humanos. Debemos desaparecer, esfumarnos, pasar a la historia. Y así es como yo me separé de toda mi familia. Sólo tengo la ilusión de que mi pequeño hermano siga vivo. él, al igual que yo, se tuvo que ir a un nuevo modelo de campo de concentración en los que, si tienes suerte, a lo mejor sólo te usan para experimentos.
Continúo contando los días para mi huída, o quizás mi muerte, mientras escucho los gritos de las salas de tortura, de experimentación. Todos los días veo a chicas que se intentan escapar porque aman a la vida, chicas que acaban con con un tiro en el pecho y con el llanto ahogado de la poca gente que las conocía. Pero yo, pienso marcharme y, si no es esperando, será corriendo. Acabe como acabe esto, quiero ver por lo menos una vez más a mi hermano. Y mientras me arrastran, me escaparé de aquí. Porque soy una persona. Y quiero vivir.
Tras aquélla espantosa guerra, mi país murió. Nadie se sentía vivo. Quedábamos algunos supervivientes, que teníamos los días contados. Fuimos separados los hombres de las mujeres. Al igual que pensaban los nazis, somos una raza impura. Pero no por nuestra religión. La gente dice que es por muchas razones, pero yo creo que es porque sí. Porque se aburrían, porque querían gobernar, porque somos humanos. Debemos desaparecer, esfumarnos, pasar a la historia. Y así es como yo me separé de toda mi familia. Sólo tengo la ilusión de que mi pequeño hermano siga vivo. él, al igual que yo, se tuvo que ir a un nuevo modelo de campo de concentración en los que, si tienes suerte, a lo mejor sólo te usan para experimentos.
Continúo contando los días para mi huída, o quizás mi muerte, mientras escucho los gritos de las salas de tortura, de experimentación. Todos los días veo a chicas que se intentan escapar porque aman a la vida, chicas que acaban con con un tiro en el pecho y con el llanto ahogado de la poca gente que las conocía. Pero yo, pienso marcharme y, si no es esperando, será corriendo. Acabe como acabe esto, quiero ver por lo menos una vez más a mi hermano. Y mientras me arrastran, me escaparé de aquí. Porque soy una persona. Y quiero vivir.
viernes, 31 de enero de 2014
Hola!
Hola, soy la autora/escritora/persona/algo que lleva el blog. En él escribiré mi novela. Intentaré subir un capítulo cada semana. Como me cuesta bastante continuar o acabar este tipo de cosas necesito vuestro súper-apoyo. Así que ya sabéis, comentad. Seguramente este fin de semana subiré el primer capítulo, o una introducción.
¿De qué creéis que será mi historia? Comentadlo. Cris, no vale dar pistas (ella ya sabe quien es).
Nos vemos!
¿De qué creéis que será mi historia? Comentadlo. Cris, no vale dar pistas (ella ya sabe quien es).
Nos vemos!
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