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viernes, 6 de junio de 2014

Capítulo 7

De nuevo, esa pesadilla, aquel recuerdo que turbaba mi mente cada vez que intentaba descansar. Pero esta vez era diferente: a la pesadilla le seguía un sueño que se cumpliría en cuanto abriera los ojos y me dispusiera a realizarlo. Me escaparía de allí con Jacobo y Ana, y encontraríamos a Manu. Desgraciadamente no sonaba fácil, ni lo era. Pero la simple idea de no vivir allí más tiempo hacia que me dieran ganas de cantar y bailar. Pero antes de todo eso, había que cumplir la promesa: primero la pesadilla. En mi cabeza se reproducían las imágenes de la muerte de mis padres y como se llevaban a Manu. Siento el mismo terror que cuando todo sucedió, y también la misma inmovilidad. Lloro y sudo, pero tampoco puedo hablar. Nunca puedo participar en ese juego hasta que me despierto. Ahora, de vuelta a la realidad, todo pinta mejor. A pesar de que estoy muy cansada y llorosa, arquea mis cejas al ver que Jacobo se ha afeitado la barba. Me invade la risa floja, es inevitable, pero hay que admitir que está más guapo. Si en el colegio lo hubiéramos visto por la calle, todas mis compañeras nos lo quedaríamos mirando embobadas, y lo dibujaríamos con rotulador en las puertas de los váteres.
-¿Qué, has dormido bien?-pregunta acariciándose una mejilla no acostumbrada a la falta de vello.
-Bueno, he tenido una pesadilla, pero por el resto bien.-respondo intentando no reírme.- lo siento, es que... Me hace gracia que te hayas afeitado por la tontería de ayer.
Mi risa prosigue, pero se hace incontrolable cuando el médico dice;
-Pero, ¿a que me hace más sexy?
Minutos después, el sonido de nuestras carcajadas cesa. Es entonces cuando Jacobo me explica el plan, que no parece demasiado complejo. Simplemente recogería unas bolsas con ropa para cambiarnos y, en un cuarto de hora, Ana él y yo nos marcharíamos por una puerta de emergencia que daba a una carretera rodeada por el bosque. Él sabía el camino hasta el lugar que habitaba mi hermano, y conocía gente que seguramente estaba dispuesta a darle paso a la libertad. El único problema que se nos podría presentar sería el que algún presunto colaborador nos fallase. Nuestros nombres habían sido borrados de las listas: un par de pasos y seríamos libres.
Una vez acabó de darme las instrucciones nos condujo a Ana y a mí a unos vestuarios o cabañitas o lo que fuera aquello. Lo que importa es que nadie nos veía. Ana no daba crédito de que cumpliera mi promesa, ni siquiera que nos pudiéramos vestir de nuevo. Para ella había unos vaqueros, una camiseta de manga corta y unos botines. Yo tenía unos leggins negros muy pegados a mi cuerpo, que hacían notable mi delgadez, y una camiseta negra de tirantes. De calzado unos tenis negros con rayas rosas y amarillas a los lados. A Jacobo le tocaban unos vaqueros y una camiseta blanca de manga corta. Cuando se quitó su bata y su anterior camiseta, Ana y yo descubrimos que su abdomen estaba notablemente marcados por sus músculos. A la niña incluso se le escapó:
-Mi madre diría que eres un buen partido.
Acabó la frase tapándose la boca, porque se dio cuenta de que el médico y yo nos estábamos riendo a base de bien. La felicidad de los tres era inmensa, tanto que me eche a llorar. Mis compañeros me veían, pero no decían nada.
-Bueno, salimos?- termina Jacobo
-Vamos- terminamos Ana y yo a la vez
-Coged esto-añade
"Esto" son pistolas, armas que tan sólo moviendo un dedo de la manera adecuada pueden matar a una persona, arrancar una vida.
-No pienso tocar una en mi vida. A mis padres no les gustaría.-Interrumpe Ana entrecerrando los ojos y cruzando sus brazos.-¿Podemos salir ya?
Jacobo no responde. Yo no respondo. Ana tiene razón, pero... Puede que sean necesarias. ¿O no?
El silencio sigue.
-Vamos. Llevadlas vosotros.-ordena la niña que, sin esperar nueva respuesta, camina con grandes zancadas hacia la puerta de salida.
-ANA, ESPERA- ordena Jacobo
La niña no hace caso, y continúa inmune a nuestras recomendaciones. Un minuto después, el médico y yo actuamos. Corremos detrás de ella, pero ya ha salido por la puerta. Fuera se oye la voz de una niña que anuncia su libertad, coreada por el sonido de tres balas que se dirigen hacia su cuerpo y, desafortunadamente, se encuentran con él.